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LA SENDA DE SILVAN I : DESPERTARES

 

HOGAR

Allí en la rama se posó desafiante un cuervo. Llenó el aire de sus angustiosos graznidos, estridentes sonidos que acompañan esta mañana despertada en grises acuarelas ¿Acaso profetiza con su presencia y sus sonidos malos augurios?

Sin embargo, la frontera del cristal mitiga y amaina protegiéndome de esta fría mañana.

Sin aviso, huye fugaz la negrura alada pues la lluvia interrumpe calma en este triste encuadre y una leve sonrisa aflora desafiante en mi boca, con voz clara y sin que nadie las oiga, dije estas palabras:

—¿Quizás mañana vuelvas u otros días venideros y con tu mal agüero me molestes con tu presencia? Hoy no más, mi negro vigilante.

De la ventana que daba a la calle fui a sentarme en el acomodo cercano del hogar. Mi cuerpo se calentaba en el cobijo de sus llamas y yo como siempre, me ensimismaba contemplando sus ígneas danzas; tenía que espabilar a pesar de la comodidad de estos momentos.

Era mi último día en la universidad. Tenía tiempo sobrado y con la lentitud propia de los días fríos, me vestí con los colores oscuros que predominaban en mi pobre armario, aunque eran pocas las variadas modas que se llevaban en esta ciudad.

Sentado cercano a la ventana volví a mirar cómo la lluvia caía calma y suave sobre la nieve de la calle. No me apetecía nada abandonar la casa; me quité la pereza con un cabeceo, abrí la puerta de mi habitación y bajé la escalera taconeando sobre la madera de los escalones; mis pasos y el tictac del reloj de pie del rellano, eran los únicos sonidos de la casa que, al pararme y entre el espacio que producía el balanceo del péndulo del reloj, reinaba un triste silencio.

Entré en el salón y en un sillón cercano a la chimenea se encontraba mi única familia: mi padre. Como siempre callado y ausente, perdido en sus propios pensamientos, el único movimiento evidente que hizo fue un leve giro de su cabeza al verme llegar.

Fui a la cocina para preparar una ligera comida, lo cual no me llevó mucho tiempo. Al volver al salón la mesa estaba puesta y con la rutina de los incómodos sonidos de los cubiertos contra la vajilla, dejamos pasar el mediodía. Así ha sido desde que tengo memoria: sus pocas palabras carentes de acento, la ausencia de querencia, pero a pesar de eso, era mi realidad, la que me ha tocado vivir. Mi nacimiento fue la muerte para mi madre, y yo, un extraño que vino a este mundo a ocupar el lugar de la persona que él más amaba. No fue un buen comienzo aunque culpa no tuviera, mas sin conocerla, cuánta falta me hiciera. No lo culpo de su disposición hacia mí, ni hubo ninguna clase de desprecio ni tampoco malas palabras, simplemente este vacío cotidiano que aunque doliera, ya era costumbre de todos los días. Alguna vez pregunté por ella, pues echaba de menos el dulce amor de una madre; en toda respuesta dada siempre aparecía en palabras de admiración lo bella que era y de su singular personalidad de fortaleza. También pregunté por familiares, y en su brevedad, me comunicó que hacía tiempo que murieron tanto mis abuelos paternos como mis abuelos maternos y que ninguno de mis padres tuvo hermanos, terminando la conversación siempre que estábamos solos. A casa nunca llegó correspondencia alguna por lo que hace mucho tiempo dejé de investigar. Las breves conversaciones con mi padre a mis cuestiones y ruegos junto con el desánimo de sus evasivas fueron haciendo mella hasta reducirlo todo en nada, y si algún familiar me quedara, se quedó en el olvido de un inmenso mar de silencio paternal. En realidad, nada que reprocharle. Pero una de mis tantas cargas, la más amarga, la que más me dolía, fue el quitarle la vida a mi madre al nacer yo.

Entraba la tarde y me acerqué a la puerta de la entrada haciendo una pausa para despedirme de mi padre:

—Adiós, padre.

—Adiós, hijo, ten cuidado.

Nunca antes fue dicho por él. ¿Y de qué tenía que tener cuidado?

Abrí la puerta y el viento otoñal me impactó gélido. Lo que fue lluvia tornó granizo y cada bala helada impactaba violentamente en mi cuerpo. Miré con desasosiego el camino.

Andaba por Vera, la más importante de la confederación de las cinco ciudades del este. Hoy, nueve de octubre del año cuatro mil cuatrocientos treinta y dos, era mi último año universitario. Caminando ante la violenta granizada que ahora azotaba en la ciudad que llevo viviendo toda mi vida, ya que en mis veinticinco años nunca salí de ella. Siempre me intrigó e intenté estudiar el pasado de la humanidad, aun a sabiendas de que nos ocultaban más de lo que se nos enseñaba. Lo único sabido es que hace unos dos milenios en todo el planeta había una población de decenas de miles de millones de almas, hasta que un fatídico día, un soberano extremista de una nación pequeña usó el poder que tenía en sus manos para desatar una guerra que casi extinguió a la raza humana. Con el único gesto de pulsar un botón se desató la gran guerra nuclear y, posteriormente, se iniciaron entre los pocos supervivientes guerras pequeñas, aunque no por ello menos cruentas. Aun así, después de dos milenios más, se sabe poco fuera de las fronteras de las cinco ciudades del este y sus feudos; jamás se recuperó ni la población ni la tecnología de nuestro pasado.

En esta confederación de ciudades se lleva una estricta vivencia. Está prohibido todo aquello que emocione a sus habitantes: hay pocos libros y se encuentran casi todos en la universidad; al finalizar el día, casi al anochecer, un toque de queda que confina a todos los habitantes a sus casa; no se permite que la gente se reúna en un número, solo visitas a familiares o vecinos; está prohibida la música y cualquier forma de arte que enaltezca al ser humano, con la excusa de no cometer los errores del pasado, aunque sinceramente, no sé qué tiene de cierto esto ni lo que pretenden conseguir si es solo tener gente sin grandes sueños que cumplir.

La ciudad la dirigen dos personas: una en la sombra, que se la denomina el director de la ciudad, y otra más visible, que es el alcalde de la misma. Los feudos están comandados por los duques, cada uno tan distinto de otro, aunque todos rinden cuentas a sus respectivas ciudades, aprovisionándolas de víveres, materias primas y algún producto manufacturado. Se vive con miedo porque cuando alguna voz se alza en protesta, no tarda esa persona en desaparecer. Un tren une todas las ciudades, y el territorio que está fuera de las ciudades y los feudos, se denomina Tierra de nadie. Hace años empezó una cacería de unos seres que a partir de la radiación de la primera guerra nuclear se fueron transformando a través de generaciones, dándoles caza; hoy se cree que han desaparecido.

También, en los siglos pasados, antes de la gran guerra nuclear, se hicieron muchas pruebas genéticas a algunos humanos con el fin de perfeccionar la raza humana. A los supervivientes de estos experimentos se les persiguió por ser diferentes al resto de la población. Pero cuentan leyendas de cientos de años que no se les pudo exterminar, porque están dormidos y escondidos, esperando despertar para alzarse contra sus antiguos cazadores.

A todo aquel que vive fuera de los feudos y las ciudades se le llama caminante; se generaliza esa palabra porque pueden ser desde peligrosos mutantes a gente normal que vive deambulando en Tierra de Nadie. Hay mucha leyenda que se cree que es más exageración que certeza.

Siguen mis pasos por la calle blanca de hielo y nieve caminando como siempre triste, con el peso de los pecados de mis antepasados o la gracia de los presentes, así como siempre cabizbajo, sigo andando.

Por cierto, mi nombre es Silvan.

 

PASOS

El viento amainó en su fuerza e intensificó el frío. Las lágrimas de hielo que caían del cielo se hicieron amables siendo nieve dejando de castigar la tierra con la tregua de sus fuerzas. Un paso detrás de otro como un autómata, fijé la vista en el suelo caminando y ensuciando la blancura del piso helado con la huella de mi zapato; los copos caían y el viento era calmado. El crepitar de un sonido quebradizo apisonaba la nieve haciendo hielo sucio. Levanté la vista al frente y el tranvía se veía no muy lejano. Otros pasos más y la rutina de cada día, como la misma mecánica de andar.

Una vez más, era el único que tenía una mirada fija en los que viajaban: miradas perdidas en la nada, cabezas gachas y grises como la imagen que tornaba dentro de mi retina, llenos de ceniza veía rostros macilentos, carentes de expresión alguna y condenados por esta ciudad a una vida domada e insulsa. Los pilares de la humanidad se volvieron débiles hace ya demasiado tiempo. Hablan textos antiguos, textos que encontré a fuerza de mucho rebuscar, de matices del pasado, de escritos escondidos con nostalgia de los lugares de alegría, de música y melodías, envolviendo la vida de cada día que hoy están prohibidas, que esas pequeñas herejías, ahora son pecado e infracción.

Así con pena, como no podía ser de otra manera, me bajé del tranvía. Aun así, giré mi cabeza con presunción de esperanza de que alguna cabeza se encontrara con mi mirada, suplicando salir del ostracismo de su oscuridad, pero no fue así, como ningún día de los pasados fue, mas algún día sería, algún día.

Miré alrededor, y el chirriar de las vías con el tranvía quedó a mi espalda como sonido de despedida en una larga avenida de árboles sin hojas que se extendía a mi frente. Alzaban sus brazos desnudos al cielo queriendo alcanzarlo, y posados en ellos los cuervos, negros vigías azabaches de mis movimientos. Me quedé quieto como una estatua adornada de nieve acumulándose húmeda en mi pelo, en mis hombros, en mi ánimo; mis ojos miraban a ambos lados, hacia ellos, y no fue mucho el espacio de tiempo que duró la negra desbandada de mi desafío quieto. Los más cercanos levantaron primero el vuelo, los más alejados simplemente les siguieron. No me gustaban. Cerca no los quiero.

Erguido en toda mi talla, era alto, bastante más de lo normal; mi pelo era fino y negro, de un negro intenso con tonos azules como el plumaje de mis odiados pájaros, siempre iba triste, melancólico por mi historia, por los vacíos, por este tiempo que me tocó vivir y por este entorno que no puede evocar más que lo que siento y lo que veo en el resto; un despreciable y claro ejemplo de si este es el camino que nuestros pasos han de dar. Cierto es que no le quedaran mucho por terminar nuestras esperanzas.

 

 

Ángel Pablo Gallego Moya

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