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LA SENDA DE SILVAN II : EL MAGO

 

PRIMERA DECISIÓN PROPIA

Volaba un cuervo en la profunda noche oscura; recibía pequeños impactos de una lluvia clareada y fina que producía pequeños destellos en la negrura. Algo buscaba el cuervo que viajaba del este hacia el sur: ¿sería mensajero?, ¿o quizá un espía? En su viaje entre los verdes apagados por la ausencia de claridad algo le atrajo que le hizo descender entre la espesura del monte bajo. Aterrizó en el hombro de una estatua humana al borde de una senda estrecha y sus ojos negros veían que a la espalda de esa blanca estatua había un laberinto hecho de piedra labrada. Giró sus ojos hacia el este y en la lejanía, vio unos resplandores en la bóveda celeste, una tormenta que se alejaba en la misma dirección en la que miraba.

La parada, aunque agradecida por el descanso otorgado, tenía que reemprender su viaje buscando algo que solo el cuervo sabía. Fue abrir sus alas cuando sintió que su cabeza estaba aprisionada por unas poderosas garras y la noche más larga envolvió al cuervo, que murió súbitamente.

Un gran búho blanco tomó el sitio del cuervo en la estatua; aún tenía al cuervo en una de sus patas dejando rieles carmesíes de sangre que se deslizaban por los contornos tallados de la imagen esculpida. Soltó a su presa, que cayó a la senda.

También se fijó en el laberinto, pero su mirada era más profunda. Intentaba escrutar lo que no se veía: emitió un sonido propio y potente que inundó las cercanías. Miró hacia el norte y abrió sus alas con majestuosidad para iniciar su camino. En ese lugar, donde la estatua de un bibliotecario atrajo al negro pájaro que allí encontró su muerte. Después del laberinto, más allá de las piscinas termales, incluso adentrándose en la biblioteca escondida donde los libros dormían para despertar con una mirada que descifrara sus letras, aún más en las entrañas de la tierra, allí donde corrientes de agua subterránea movían turbinas para producir electricidad y en un depósito contiguo se encontraba toda la chatarra recolectada después de la gran guerra, allí se encontraba Pedro. Estaba atornillando una batería. Lo hacía despacio, aunque podría hacerlo cien veces más rápido, pero lo hacía a la par que lo haría un humano, pues así se lo recomendó Antón el Rojo el año que pasó a su lado aleccionándolo para comprender la importancia de ser bibliotecario. Pero él no era humano, era un autómata, un robot, el único que quedaba, según le dijo Antón; de hecho, el mismo Antón le recuperó casi a punto de agotarse su energía y perder todos los datos y la memoria. Le había salvado la existencia; le enseñó la importancia de su nueva misión: la protección del conocimiento. Pedro le dijo que todos los libros se podían guardar en una memoria de datos; entonces Antón se rio y le dijo que nunca sería lo mismo que contemplar la decena de miles de tomos impresos en papel tal como habían sido puestos a disposición de los ojos humanos. No, no era lo mismo; el proceso del entendimiento no tiene caminos lógicos. Antón le obligó a tener un ciclo de desconexión de ocho horas y siempre de noche. Quería que Pedro fuera más humano y él mismo, también.

El autómata solo recibía órdenes y las cumplía. Antón era con el único humano que tenía contacto; sus palabras eran órdenes para Pedro, pero para Antón solo eran simples consejos. Él no era consciente de que tenía libertad de acción, solo era un autómata, pero Antón esperanzaba que algún día fuera más.

Al entrar en la biblioteca que le habían asignado, se sorprendió de la enormidad del trabajo hecho por los buscadores y recolectores de Antón.

Cogió un libro y empezó a copiarlo en su memoria. Antón puso una mano encima de las hojas del libro abierto y le dijo a Pedro que no solo absorbiera la información, sino que el libro había que leerlo y comprender lo que quería transmitir el escritor con sus letras: emociones. Antón le sugirió que empezara por el pensamiento abstracto: la poesía.

Empezó a leer en vez de simplemente copiar la información en su memoria. Era un proceso muy lento. Él no poseía los mismos sentidos que los humanos: no poseía el gusto y, por eso, él no comía; el olfato solo era un sensor de elementos gaseosos; la vista era lo único que parecía humano y el tacto solo era para aplicar la presión adecuada según la densidad y peso de los objetos.

Antón no desconocía sus limitaciones, por lo que el último día que lo vio solo tuvo unas pequeñas frases para Pedro: «sigue leyendo, comprende, deja un poco de caos en tu razonamiento, intenta vivir tú mismo todo lo que muestran las letras de estos libros. Tienes en tu custodia el mayor de los tesoros humanos. El conocimiento de decenas de miles de vidas que han dejado parte de ella en sus libros escritos, es su legado. Ellos ya no existen, tú sí». Fue el último día que vio a Antón y Pedro, el bibliotecario de Laberintia, pasó a tener una existencia más pausada teniendo, a través de los siglos, el aprendizaje de intentar comprender a los humanos y ser más próximos a uno de ellos a través de los libros que custodiaba.

Recorriendo las interminables galerías de su biblioteca, eligió un libro al azar, acto extraño en un ser tan lógico como un autómata. Al abrirlo, cayó una fotografía de un ser que parecía angelical y en la que en trazos bruscos y apresurados ponía: «bibliotecario».

Un igual suyo, otro bibliotecario.

Pedro ya había fabricado, simplemente por diversión, un laberinto en el exterior de la puerta que accedía a su biblioteca; entre la chatarra —tal como definió Antón a todo lo que depositaron todos sus recolectores en las entrañas de la biblioteca— había varios bloques de mármol y decidió hacer una estatua de su compañero. Toda acción tiene una reacción. Pasaron años, siglos hasta que alguien abrió la puerta de la biblioteca, su biblioteca y todo cambió para él al descubrir a la compañía que seguía al que era el mismo que esculpió siglos atrás. Todo lo que les envolvía era extraño y grandioso, todas sus reacciones y todo aquello que emanaba de ellos era fascinante para Pedro, parecían héroes de leyenda, tal como había leído en infinidad de libros y aunque Prometeo, su igual, era el que más le atraía, había alguien que destacaba por encima de todos y a él le parecía una luz en la oscuridad. Su nombre era Silvan.

Cuando pasaron unos pocos días desde que se fueron, Pedro sintió un vacío difícil de entender y en su confusa mente artificial se produjo una extraña sensación de vacío que nunca antes había tenido y, por primera vez en su existencia, tomó una decisión propia sin ninguna orden previa. Tenía que encontrar y estar al lado de esa compañía de hombres y mujeres que estaban al lado de Silvan; quería dejar de leer aventuras para poder vivirlas y, así, se insertó la batería nueva y salió al exterior de Laberintia.

¿Cómo encontrarlos, si no tenía los datos precisos para ubicarlos? Así, en su memoria interna rebuscó frases de Antón: «un humano, para encontrar algo, pregunta y escucha; así se obtiene la información».

Salió Pedro de Laberintia, pero una anomalía le llamó la atención. Miró hacia la estatua de Prometeo mancillada de sangre y un cuervo muerto a sus pies. ¿Casualidad o premonición?

Debía hallarlos, por lo que se puso a correr en una dirección: el norte, donde el búho blanco se dirigió.

 

 

EMPIEZA LA BÚSQUEDA

Era noche oscura, eran altas horas de la madrugada. Mi espalda estaba apoyada en el árbol más grueso del bosque. Tenía la capucha de cuero de mi capa cubriéndome totalmente el rostro. Llovía, gotas gruesas que impactaban rítmicamente. La lluvia creaba una cortina acuosa alrededor de todo el bosque; presionaba hacia atrás sintiendo todo el relieve de la corteza del tronco y sentía la humedad que lo recorría. Cerraba los ojos para sentir aquello a lo que tenía que prestar atención mis sentidos: el hedor de su olor me llegaba claro.

 

Se acercaban sin ninguna cautela y sin saber lo que les esperaba. En una cercanía, el llanto de un recién nacido rompía la música de esta noche húmeda; sentía como ese llanto reclamaba y aceleraba a los salvajes un poco más su carrera hacia sus víctimas: una mujer y su hijo, débiles, vulnerables y presas fáciles.

 

Tenía mis manos extendidas, apoyadas en los pomos de las espadas de la luna, hundidas en la tierra para que el reflejo de sus hojas no delatara mi presencia. Creían que tenían el camino limpio hacia sus presas y no sabían que un peligro mayor que ellos se le interponía en su camino. Se iban acercando. No me hacía falta abrir los ojos para verlos avanzar entre las oscuridades de esta noche sin luna. No sería mucha la espera, pues estaban cerca y yo ahora era sombra entre sombras: era la muerte.

 

No eran ni mutantes ni ninguna clase de abominación alterada por la genética. Eran humanos, sin palabra ni letra y sin ningún tipo de conciencia; eran salvajes que buscaban simplemente carne fácil: la debilidad de una madre con un hijo de pocos días sin más protección que una cabaña de madera abandonada en las puertas del invierno; era el motivo para que los cazadores sin conciencia esta noche les atacaran. Pero hoy, ni niño ni madre morirían.

 

Estaban a mi altura y ni se dieron cuenta hasta que saqué las espadas de la luna de la tierra y su reflejo les hizo pararse ante esta anomalía. Los dos primeros cayeron sin que tan siquiera la sorpresa pudiera darle reacción; los siguientes, nunca supieron de dónde les caía la muerte que les daba caza; eran pocos y fue demasiado fácil. No me produjo ningún placer acabar con sus vidas. Me hastiaba en demasía esta carnicería, pero no podía permitir que murieran inocentes, ni hoy ni ningún día.

 

Apareció Karmen entre las sombras sin apenas darme cuenta. Miraba el suelo lleno de cadáveres mientras las gotas de lluvia caían sobre su pecho desnudo. No apartaba su vista del macabro escenario.

 

—Karmen, no me has ayudado.

 

—¿Acaso hacía falta?

 

—No creo.

 

—Te contestas a ti mismo. No puedes salvar a todo el mundo; cuando nos vayamos de aquí, esa mujer en esta tierra de salvajes no durará mucho más que un día —dijo Karmen.

 

—No puedo salvar a todo el mundo, pero hoy estaba en esta tierra y en este tiempo y, siempre que se me dé el caso y en mi mano pueda, haré lo posible porque la gente pueda vivir más tranquila —afirmé.

 

—Eres noble, no lo niego, pero si queremos ayudar a esa mujer no es matando a sus posibles peligros, sino orientándola fuera de él. Tenemos aún muchas cosas que hacer, ¿verdad?

 

—Para mí, lo primero es encontrar a Raquel —dije.

 

—Vamos a la cabaña. Esa mujer no se puede quedar aquí y tampoco nos la podemos llevar con nosotros ni protegerla para siempre —afirmó Karmen.

 

—Vamos.

 

Nos fuimos acercando al grupo de cabañas abandonadas que formaban un círculo, pero solo una estaba habitada. Había un fuego que era un faro en esta noche negra, pero era morir de frío o morir de cualquier manera. Abrimos la puerta y la mujer profirió un grito que hizo que su hijo rompiera en un llanto más avivado. El viento que entró al mismo tiempo que entramos nosotros hizo que casi el débil fuego se apagara; el miedo que invadió la cabaña a nuestra entrada se hizo patente al ver que la mujer se dirigía a un rincón de la pequeña casa y, con lágrimas en los ojos junto a la voz quebrada, se dirigió a nosotros.

 

—Haced lo que queráis conmigo, pero no nos matéis. ¡Haré lo que queráis!

 

—Quédate tranquila, que no queremos nada de ti. De hecho, estás viva porque te hemos protegido. ¿Qué hace una mujer sola con su hijo en esta tierra tan peligrosa? —le preguntó Karmen.

 

—Me expulsaron de mi tierra por la deshonra de quedarme embarazada sin tener unión con nadie.

 

—Mucho castigo para tan poca culpa. ¿Tienes hambre?

 

—Mucha —respondió la mujer.

 

—Silvan, dale algo de comer.

 

—Aquí tienes y no temas, con esto tendrás provisiones para varios días.

 

—¿Y vosotros? ¿Por qué hacéis esto conmigo sin pedir nada a cambio?

 

—La bondad no abunda, ¿verdad? —le contestó Karmen.

 

—No, aunque creo que hoy la he descubierto.

 

—Esta noche estaremos aquí. Yo necesito dormir y tú lo harás, ya que no habrá peligro ninguno. Mi compañero velará por nosotros esta noche. Mañana, cuando el día despunte, te dirigirás al norte, solo al norte; si sigues en cualquier otra dirección morirás con toda seguridad. Es tierra salvaje y es donde la debilidad se paga con la muerte —expuso Karmen

 

—¿Puedo dormir con usted? No me tome por una descarada, pero dormiría más tranquila y más caliente.

 

—¡Claro, mujer! Mas no temas que se te pudiera pedir más; bastante tienes con sobrevivir en estas tierras tan hostiles.

 

—Gracias. ¿Vuestros nombres?

 

—Silvan Ellan y Karmen. Ahora, prepara la cama y pon tu hijo en sitio caliente, pues no queda mucho para que el día despunte y nosotros tenemos aún mucho camino que hacer. Silvan, pon leña en el fuego y la guardia es solo tuya —propuso Karmen.

 

—Por supuesto, Karmen. Podéis dormir tranquilos pues yo velaré por vuestro sueño —afirmé.

 

Karmen se acomodó en la tosca cama de la cabaña. La mujer esperó junto a su hijo a que Karmen se situara para luego acomodarse con el calor del cuerpo de él. Sin más que la necesidad de calor, se acostó a su lado, aunque la necesidad fuera premura. La escena a mis ojos fue tierna. Karmen ya dormía, pero los ojos de la mujer eran aún de intranquilidad. Poco a poco, fue abandonándose al cansancio acumulado y dejando al niño en su regazo. No tardó en sumirse en un sueño que seguramente no tendría en los días anteriores; no percibía peligro ninguno, pero la pesadumbre del paradero de Raquel me ensombrecía más el ánimo que esta noche oscura. Me giré para ver como esa mujer dormía plácidamente en el regazo de un extraño. ¿Cuánto habría sufrido con su niño en estas tierras salvajes? ¡Era un milagro que estuviera viva! No todos los dramas son de mi propiedad pues toda vida padece sus propios problemas; eso me alivió un poco más, aunque no todo lo que yo quisiera.

 

Salí fuera de la cabaña al abrazo de la noche. Me senté en la misma puerta intentando concentrarme y que la tierra me ayudara, como en otra ocasión, a ver más allá de mis sentidos: «todo lo que fuera por localizar a Raquel». Hundí mis dos manos en la tierra húmeda por la lluvia, incliné mi cabeza y ausenté mis sentidos para intentar estar en comunión con ella. Empecé a sentir las mismas sensaciones que fueron de otro día: sentía las raíces hundirse en la misma tierra, filtrarse el agua de lluvia a cada momento en el interior de ella, así como los pequeños insectos y las semillas en letargo. Avanzaba por dentro de ella en una dirección y otra intentando buscar alguna señal de mi amada, pero ni un alma. Estábamos solos en varios kilómetros a la redonda. Extraje las manos rápidamente rompiendo el vínculo con la tierra. A cada segundo me agotaba y temía caer en el sueño. Hoy no podía permitírmelo, pues era el guardián de tres vidas; no podía más que esperar que llegara el alba y así, con el despertar de Karmen, volver a empezar la búsqueda.

 

Desde que arribamos a la playa, recorrimos lo que pudimos intentando encontrar alguna pista del paradero de Raquel. Derán salvó a los más débiles; no sé cómo pudo hacerlo, pero su decisión fueron segundos dejándonos a nuestra suerte a los más fuertes. Solo en mi mente tiene lugar el agradecimiento, no pudiera ser de otra manera, pero estábamos perdidos y no podía hacer más que tener paciencia y esperar a que la suerte nos diera la buena cara junto con algún indicio sobre los pasos a seguir.

 

Sosegué mi ánimo, pues de nada serviría ponerme nervioso. Volví a calmarme sintiendo la bendita lluvia sin dejar mis sentidos mitigados. Esta era tierra más salvaje de la que dejamos atrás. Desde que llegamos, los salvajes intentaron atacarnos: pobres almas, los evitamos en lo que pudimos, pues Karmen me dijo que no hay nada más sagrado que la vida y solo se arrancaba una cuando no quedaba otro remedio. Pasaron las horas hasta que el alba invitó al sol para que apareciera y nos diera la luz de un nuevo día. Recorrí los alrededores sin alejarme mucho de la cabaña donde dormían Karmen y la mujer. Era terreno llano, pero de mucho bosque; ninguna elevación lo suficientemente alta para que pudiera darme una vista más amplia. Oí ruidos dentro de la cabaña; estaban despertando, así que me acerqué a ella. Salía Karmen y detrás de él, tímidamente, la mujer sosteniendo en brazos a su hijo, tapándolo con lo poco que tenía para que la mañana no enfriara su débil cuerpo. En los ojos de la mujer había temor por la llegada de un nuevo día y porque nosotros dos seguíamos siendo dos extraños.

 

—Buenos días, Karmen.

 

—Sean, Silvan; ¿ha sido la noche tranquila?

 

—Sí, intenté entrar como la otra vez en comunión con la Tierra, pero en los alrededores no sentí nada anormal. Estamos en un terreno virgen.

 

—Así me temo. Hacía mucho que no estaba por estas tierras, pero creo que sé dónde encontrar algo de civilización, aunque, la verdad, no sé si evitarla, pues es aún más cruel que la hermandad y las cinco ciudades del este. Pero tenemos que seguir buscando.

 

La mujer nos miraba con ojos llorosos, pues no la mencionábamos y seguramente estaba ansiosa por saber qué haríamos con ella. No era tierra para dejar a una mujer sola y menos con un niño en sus brazos. Karmen se dio cuenta y se dirigió a mí apretando los labios en signo de amargura.

 

—Silvan, dale una brújula a esta mujer y dale una daga para que pueda valerse sola. Mujer, dirígete al norte, pues es la única dirección que te dará cierta seguridad.

 

—¡No, Karmen! Creo que esto es una señal. Nos dirigiremos al norte escoltándola a ella, pues no podemos dejarla a su suerte.

 

—No podemos recoger a todo el mundo; no tenemos capacidad ni tenemos recursos. ¿Qué será lo próximo, Silvan? ¿Crear una ciudad para todos los exiliados y perdidos? —reprochó Karmen a Silvan.

 

—No me des ideas —contesté.

 

—Sí, creo que es mejor no dártelas, pues bien capaz eres de hacerlas. Bueno, buena mujer, tendrás escolta hasta que podamos dejarte en un lugar más o menos seguro.

 

Ahora la mujer dejó caer lágrimas de agradecimiento y se abrazó a Karmen, el cual se encontró incomodo con la nueva situación. Entonces, salió al paso con una pregunta.

 

—¿Cómo te llamas, mujer, ya que vamos a compartir camino?

 

—María.

 

—¿Y tu hijo?

 

—Jesús, le puse.

 

—¡Venga ya! —exclamó furioso Karmen alejándose unos pasos.

 

—¿Qué he dicho yo que he podido ofenderle? —dijo suplicándome la mujer.

 

—Nada, espera un momento — le dije a la mujer.

 

Fui en busca de Karmen y lo alcancé cerca; esperé unos segundos, se giró hacia mí con cara de interrogación, pero yo le ataqué primero con mis palabras:

 

—¿Qué te ha molestado de esta mujer?

 

—¿Sabes cuál es mi nombre real, el que me dieron al nacer?

 

—No —contesté.

 

—Mi nombre real es José. ¿Entiendes esta maldita casualidad? Hemos dormido en una cama de paja, como si un pesebre fuera —afirmó Karmen.

 

—Creo que he leído algo sobre eso.

 

—Leíste de las antiguas religiones, el catolicismo… de hecho, yo era católico.

 

—Sí, ahora recuerdo. ¡Vaya casualidad! —contesté.

 

—Mira, Silvan, desde que empecé a seguirte la pista me han pasado más cosas que en siglos pasados. Creo que, desde luego, en lo que nos quede de camino, aburrirnos, no nos aburriremos.

 

La mujer se acercó con pasos tímidos presa de la incertidumbre, pero con la valentía de una madre:

 

—¿He hecho algo malo?

 

—No, mujer, nada. Este hombre, desde luego, me está haciendo ser más humano —le respondió Karmen con una sonrisa.

 

—¿Qué haremos, pues? —le demandé yo.

 

—Como dije, iremos hacia el norte. Donde vamos tú y yo no es lugar seguro para esta mujer, pero creo que aún hay poblaciones alrededor de donde nos dirigimos y podrán acoger a una mujer joven y sana. Después iremos buscando pistas de dónde podrían estar Raquel y Derán. Tenemos que encontrarlas, la compañía no puede estar disuelta.

 

—María, ¿cómo has sobrevivido desde que te expulsaron de tu poblado hasta estas cabañas? Ahora que pienso, es imposible que lo hayas hecho sola —apuntó reflexivo Karmen.

 

—A las pocas horas de andar, vi un hombre singular sentado en una roca mirando a ningún sitio. Era un hombre con una túnica gris y tenía barba blanca, pero su piel era la de un joven. Era muy moreno de piel y en su mano sostenía un bastón muy grande que tenía la cabeza de un ser que parecía como un lagarto; tenía un sombrero muy raro que parecía un cono, con mucho vuelo. Si no te acercabas, apenas se le veía la cara. Me preguntó si estaba perdida y le respondí que pronto lo estaría y seguramente muerta. Él me dijo lo mismo que vosotros, que me ayudaría hasta dar con un techo. Anduvimos mucho a paso lento, tanto, que a veces me dejaba sola, pero volvía con alimento. Nunca en nuestro camino encontramos peligro alguno (raro en esta tierra salvaje). Lo que más me llamaba la atención de ese hombre eran sus ojos, su mirada, se le veía tanta inteligencia… Llegamos a estas cabañas y él me proveyó de leña, encendió el fuego y, en un momento determinado, levantó la cabeza poniendo el rostro serio. Había advertido algo, a lo que le siguió una sonrisa y las siguientes palabras: «te voy a dejar aquí sola, mi niña, pero no temas, puede que pronto tengas compañía». No entendí sus palabras, pero las mías fueron de agradecimiento. Le pregunté cómo se llamaba y él me contestó…

 

Karmen le cortó raudo, pues había prestado atención al relato con los ojos desmesuradamente abiertos.

 

—Te contestó: el Mago —afirmó Karmen.

 

—Sí, eso me dijo. No entendí ese nombre, todo en él era raro. ¿Acaso lo conoces? —le preguntó sorprendida María.

 

—De hace años, de hace siglos, de algún milenio… —contestó pensativo Karmen.

 

—Todo esto es muy raro para una persona tan ignorante como yo — dijo María casi saltándose las lágrimas.

 

—¿Me podrías decir quién es el mago? —le dije yo para despejar tanto misterio.

 

—Fue el que me creó, fue o es mi amigo, es como yo o parecido; nunca lo busqué porque pensaba que estaba muerto, pero ahora sé seguro que está vivo y tengo la sospecha de que quiere que le encontremos —aseguró al mismo tiempo que reflexionaba Karmen.

 

—Tendremos que ir en su encuentro allá donde esté, pero no sabemos dónde se puede encontrar —le dije ante la duda de que nos desviara de la misión de encontrar a mi amada Raquel.

 

—María, ¿dijo algo extraño que nos pudiera orientar? —preguntó Karmen.

 

María frunció el ceño, se puso a recordar en silencio palabras que pudiera decir ese extravagante personaje que ahora se ponía en escena de una manera singular y abriendo los ojos, se dirigió a Karmen con una revelación.

 

—A veces hablaba solo, murmuraba o incluso a veces entonaba alguna canción que apenas podía oír. Pero en una ocasión, de su boca salió una palabra extraña que no pude saber qué era, pues nunca antes la oí. En una frase que dijo para sí mismo, solo pude oír: Inferno.

 

Karmen se conmovió, pues aquella palabra no era de su agrado. Sus labios hicieron una mueca de desagrado mientras caminaba un pequeño tramo a pasos pausados volviendo sobre su mismo camino instantes después para decirme, alto y claro:

 

—A Inferno vamos; tenemos que encontrarle, pues él nos puede ayudar.

 

—¿Un mago? ¿Hace magia? —pregunté sorprendido.

 

—¡No! No lo llamamos así precisamente por eso; el apodo se lo ganó porque siempre manejaba estupefacientes. Él decía que hacía magia. Si está como cuando yo lo conocí, estará un poco loco o loco del todo, pero tiene aptitudes de las cuales podremos sacar provecho. A pesar de su demencia, es una de las personas más inteligentes que he conocido y, ahora, sé que está vivo.

 

—Si es así, estoy muy preocupado por lo que le pudiera pasar a Raquel —dije.

 

—Creo que Derán no murió en su intento de salvación y si así es, creo que tu amada no puede estar en mejores manos ni más protegida que por esa misteriosa mujer.

 

María estaba escuchando la conversación con cara de no entender nada, pero tenía ganas de decir unas palabras que indicó con un silencio.

 

—¿Sí, María? —le dijo Karmen

 

—Solo agradecerles lo que están haciendo por nosotros. No sé por qué razón no sois personas normales; no soy tan tonta para no verlo. Os debo la vida. ¿Qué puedo hacer para agradecéroslo?

 

—Estar lo más cerca de nosotros que puedas y cuando te dejemos en lugar seguro, nunca olvidarte de nuestros nombres ni dejar de recordárselo a tu hijo, ni a tus nietos, ni que ellos se olviden de recordárselo a la generación siguiente.

 

—No lo olvidaré nunca. Ahora, vuestros nombres serán palabra y, si puedo, serán canción.

 

Ángel Pablo Gallego Moya

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